jueves, 24 de enero de 2008

los árboles

Los árboles

Prefiero conjeturar que nadie la vio subir. Había permanecido con la sien apoyada en la ventana, obligado a contar, a falta de mejores ovejas, árboles perversamente iguales. El objetivo era encontrar, indistintamente, el sueño o el olvido. Conté hasta diez, veinte, pero el improvisado remedio no dio resultado. Cuando volví la cabeza hacia el frente del ómnibus ya estaba ahí. Tendría ocho o nueve años. Colocó su mochila en el espacio que hay entre los últimos asientos antes de la puerta del fondo y los escalones. Se sentó en el primer escalón; sacó un cuaderno y un lápiz. Nuevamente giré la cabeza pero ya no había árboles que contar. Probé con las columnas de la luz pero sólo llegué a tres, así que la mirada debió regresar a la pequeña, quien con el cuaderno abierto completaba renglones con una actitud de imperturbable animosidad. Su mano parecía autónoma, posesa por la limitación de la distancia y del tiempo del transporte público. Subí la mirada hacia su rostro pero no pude leer ningún gesto, la inclinación de su cabeza y sus largos cabellos castaños nublaron mi curiosidad. No hubo más alternativa que volver al cuaderno, donde página tras página el silencio grisáceo de una neblina indescifrable señalaba el avance de una miopía que mis viejos lentes ya no solucionaban. Imagino que sus letras eran claras, era yo el incapacitado para juntarlas, para asociarlas, para descifrar al menos una palabra, pues la miopía caía sobre el cuaderno con el mismo efecto y la misma inclinación que los cabellos de la niña. La rutina de un trabajo mecánico, las baratas ediciones de bolsillo y el movimiento del ómnibus eran los culpables de mi actual incapacidad. Había dos horas diarias- una de ida y otra de vuelta- que era necesario llenar con un poco de aventura y el aire de los grandes espacios que soplaba a través de las palabras de Kipling o Melville. De a poco la vista se fue cansando como el resto del cuerpo, hasta que un día no leí más. Fue entonces cuando el viaje en ómnibus se transformó en una odisea por los increíbles mundos del tedio y los proyectos abandonados. Desistí de mi nuevo propósito ante una nueva frustración y me concentré en la mano que escribía. Sus dedos eran gorditos, como los de cualquier niño, aunque la forma en que los acomodaba para tomar el lápiz la distinguían. Lo colocaba entre el dedo índice y el mayor, obligando al pulgar a colaborar en la operación desde un segundo plano. La mano encargada de la distracción era la zurda. Los movimientos eran rápidos, apresurados, como si hubiera un plazo que cumplir, un destino inevitable que presionaba sobre la hoja hasta deformar su textura. Es probable que estuviera dándole demasiada importancia al asunto. La niña debía estar haciendo la tarea, una redacción sobre las vacaciones, una descripción de la escuela o un canto para el día de las madres. Hacer los deberes en el ómnibus implicaba el resto de la tarde libre, adelantarse a los reclamos del padre. Instintivamente, en un breve movimiento, mis ojos retornaron a la ventana y descubrieron que una hora completa había desparecido hasta hacer de la punta afiladísima de un lápiz una meseta de carbón. Un punto final apareció como un alivio. La mano derecha sostuvo el cuaderno mientras la izquierda amputó de un tirón kilómetros de tardes desperdiciadas en insulsas observaciones. En ese momento, unidas por una misma iniciativa, las manos acomodaron las hojas, doblaron esquinas, formaron ángulos y construyeron algo que hace mucho tiempo no veía: un avioncito de papel. Por reflejo la mirada insistió en comprobar lo que ya sabía. Pedí permiso al pasajero de al lado, repetí la palabra pero esta vez a la niña, quien sin levantar la cabeza se corrió hacia un costado. Presioné el botón. El ómnibus se detuvo donde debía, aguardando por unos segundos para que por la puerta de adelante subiera nuevo pasaje. Una vez abajo, mientras las puertas permanecían abiertas, me quedé paralizado tratando de memorizar a la niña. Estoy seguro de que por un brevísimo lapso pude ver su rostro y hasta su sonrisa, pero hoy me es imposible describirla o recordarla. En ese instante, con un movimiento premeditado, levantó su mano izquierda y como un dardo arrojó el avión que se estrelló contra mi abdomen. Mientras el ómnibus se alejaba las puertas se fueron cerrando en perfecta sincronía, observadas desde el punto fijo en que los pies se negaron a caminar. Unas manos encallecidas y unos ojos sin la limitación de la distancia decidieron desarmar los ángulos, despejar la neblina. En cada hoja, en cada lado, el blanco sólo era interrumpido por la verde perfección de los renglones. Para entonces, los árboles se habían vuelto innecesarios.

2 comentarios:

Juank dijo...

Ni qué hablar que es un excelente relato. Lo he vuelto a leer y te hago una pregunta.
¿sería demasiado reduntante volver a aclarar, hacia el final, dónde estaba la niña? porque se pierde un poco, creo, entre los devaneos del protagonista que piensa en él y en lo que ella escribe y en fin. Quizás con sutileza se pueda recordar hacia el final dónde estaba. En fin, igual sino lo tomamos como parte de mis lagunas mentales, que no puedo leer un texto sin olvidarme de cómo empezó, jejeje. deberé abandonar algunas drogas...
Un abrazo.
Yo

elrafa dijo...

Estudiaré esa nueva observación que me hace...el cuento es demasiado breve como para ser redundante así que veré. Si me deja las drogas...no se olvide en que lugar, porque quizá las precisemos...
un abrazo